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Que se sepa. No iba a contar esta historia. Al menos no de esta manera. Porque en realidad volví deprimido, decepcionado, fracasado. Pensaba hacer “el” relevamiento de la pesca de tarariras en Córdoba y terminó en esto. Me sentí un poco un inútil, un manco, como dice mi querido Guiyote. Pero después me enfrié y me di cuenta que no era para tanto. Es decir, soy manco, pero no tanto como pensaba al principio.
La cosa es así: verano, vacaciones, familia, Córdoba. ¿Qué hay para pescar? Tarariras… “Y bueno, vamos”, me dije, como si fuese fácil la cosa.
Como decía: Córdoba. Zona del embalse Río Tercero y todos sus espejos de influencia. “Hay tarariras”, me dicen al llegar. “Bueno, vamos a ver…”, les respondo. Y ahí empieza la historia.
Es sabido que no es lo mismo pescar en la zona mediterránea que en el litoral. Es sabido que las poblaciones de peces no son tan abundantes. También es sabido que los tamaños son mayores. También es conocido que el comportamiento es diferente. Ahora bien: ¿cuán diferente es pescar tarariras en el litoral a pescarlas en Córdoba? ¿Tan distinto puede llegar a ser? Veremos.

Algunas mentiras
En principio, las lenguas locales hablaban de tarariras “grandes”. En el litoral los pescadores dicen, cuando hablan de una grande, “4 o 5 kilos”. Sabemos que los pescadores nunca dicen la verdad, pero acá se hablaba de tarariras de “8 o 9 kilos”. “¿Ah sí? Y a ver… Dónde, contame…” Y allá fui.
La realidad es que, como tantas veces, las historias de pescadores son ciertas a medias. Es decir, hay tarariras grandes, hay indicios que me impiden negarlo, pero ¿8 o 9 kilos? No, no es cierto. Sí es cierto que son grandes, mucho más grandes que las litoraleñas, sin dudas. Y estimo que una buena tararira cordobesa puede llegar a los 6 kilos reales. Lo cual es un tamaño muy importante para la pesca actual en la Argentina. Probablemente de los mayores que podamos hallar en nuestro país.
El problema es que no sólo es cierto que hay una menor cantidad, mucha menor cantidad, sino que, además, el comportamiento de estas tarariras es diametralmente opuesto a lo que conocemos quienes pescamos en el litoral. Probablemente ese cambio se deba a las diferencias de los ámbitos de pesca.
El título de “taruchas truchas” refiere a la falta de realidad de algunas historias escuchadas, y además a que estas tarariras se comportan más como truchas patagónicas que como sus parientes, las hoplias malabaricus del litoral, ésas que suelo pescar con mayor frecuencia.
Vamos a tratar de entender el porqué de esas diferencias.

Algunas verdades
Sin dudas lo más destacable de esta experiencia fue el entorno, el escenario. Es una realidad que no puedo negar. El escenario es diferente en todo sentido. El placer visual que se siente pescando en un río o en un lago rodeado de sierras compensa con creces la escasa cantidad de peces.
La geografía es mucho más cercana a la de un río patagónico. Aguas transparentes, corriendo en muchos casos, accidentes en el fondo, piedras, mayor profundidad, vegetación sumergida y casi ausencia de la misma en superficie. Otro dato de importancia es la altura. Estamos pescando a alrededor de 500 metros sobre el nivel del mar, contra un nivel de casi cero en el litoral.
Estas diferencias en el entorno marcan el principio de un dilema: ¿cómo en un ambiente tan propicio (en apariencia) es tan difícil dar con las tarariras?

El ser humano, la más triste realidad
La realidad empezó a darme bofetadas a medida que pasaban los días de pesca. En promedio dediqué un par de horas diarias durante una semana a buscarlas en diferentes lugares. Los primeros días me volví sin haber tenido siquiera un pique. Estaba a la hora señalada, en el lugar indicado, exactamente donde me habían dicho que estaban las tarariras, pero yo no lograba encontrarlas.
Seguí mis charlas con un par de locales que me asesoraban y poco a poco fui dando con la triste realidad. El tercer día la frase “Tenés que verlas, ahí, en la orilla” tuvo su negativa otra vez.
Y ahí confesaron: “Andá a tal lugar, vas a ver que te acercás y las tenés que ver desde la orilla nomás… ¡Si mi vecino las pesca con una chuza[1. Especie de arpón fabricado de forma casera.]! El mes pasado se traía cuatro o cinco todos los días.” ¡Ahí me cayó la ficha! Los peces estaban. Claro, estaban hace dos meses atrás, ahora ya no estaban más.
Testimonio de ello es esta foto de los restos de un ejemplar que seguramente fue a la parrilla de quien la pescó. Pueden observar el tamaño de la cabeza comparado con el reel, lo cual denota su excelente porte.

2014_02_taruchas_truchas_01

Lamentablemente en estos ámbitos la cultura de que “el pescado se mata y se come” es la que reina. Y ya ven que no es menor el daño que el hombre le hace a estos ámbitos con esa conducta.
Para reflexionar.
Develada la realidad, al cuarto día lo que pintaba como fácil se había empezado a complicar.
Decidí entonces cambiar de lugar y buscar mis propios puntos, y no hacer caso ya de las recomendaciones de los lugareños en cuanto a dónde ir, a sabiendas ya de que los lugares que a viva voz se divulgaban probablemente ya no tuvieran tarariras porque las mataban. Así fue que empecé a probar en otros sitios mucho menos accesibles, pero de una belleza natural mucho mayor.
Y ahí sí pude comprobar la existencia de la especie y también sus notables diferencias en el comportamiento.

El acento cordobés
Luego de descartar entonces los lugares conocidos, al fin pude experimentar la pesca de unos pocos ejemplares en condiciones completamente freaks para lo que es mi costumbre.
Antes que nada quiero señalar que en todos los ámbitos que recorrí pude observar enormes cantidades de alevinos y pequeños peces en las costas. Es decir que las tarariras cuentan con forraje de sobra para alimentarse a gusto e piacere.
El escenario fue una desembocadura de arroyo en un lago. Agua completamente transparente, costas de piedras altas y un pozón de 5 o 6 metros de profundidad pegado a la pared de piedras de una altura similar. Allí, en el lugar más incómodo para pescar del punto que había elegido, es que arrojo ya desganadamente un spinnerbait de 2 palas. Lo dejo bajar hasta perderlo de vista. Más de 4 metros de profundidad y… ¡eureka!
Un tímido ataque, que parecía en principio el pique de un dientudo por lo suave, seguido de un ataque brutal que casi me arranca la caña de la mano, porque el descuido ya me había ganado, tantos tiros inútiles me habían hecho perder la concentración y justo ahí fue el pique, en medio de la distracción.
El pique fue así, tremendamente fuerte y violento y a gran profundidad, y esa distracción me impidió dar el golpe certero para clavarla. La tararira se soltó dejándome con la excitación de la fuerza descomunal, desconocida para mí, que tuvo el pique.
Encendido, volví a tirar al mismo lugar, en la misma dirección, una y mil veces más. Pero fue inútil.
Primera diferencia: si la pinchaste una vez y no la clavaste, olvidate, no la pinchás más.
Segunda diferencia: estando en enero, en el litoral, en aguas claras, las tarariras toman en superficie sin reparo alguno cualquier cosa que pase por su territorio, paseantes, poppers, lo que sea, y cuanto más ruido haga, mejor. Se moverán a atacarlo, por hambre o por curiosidad al menos. Pero acá no. 4 metros de profundidad. Spinnerbait, cucharas, plateado, vibración. Todo muy sutil. Nada que altere el ámbito, nada de ruido.
Como observé antes, estas tarariras tienen comida de sobra y también territorio de sobra. A diferencia del litoral, donde la densidad de tarariras por metro cuadrado de agua es mucho mayor, aquí no se comportan a la defensiva y por eso no atacan lo que hace ruido y altera su territorio.
Aquí son selectivas y sólo se molestan en atacar lo que realmente les interesa.
Es “engaño puro” o nada. Hacerlas enojar, esa posibilidad fácil que nos da la pesca en el litoral, no parece ser una opción. Por eso digo que su comportamiento es más parecido al de las truchas que al de las tarariras que habitualmente pescamos.
Luego de los dos mil tiros en vano al mismo lugar, tratando de volver a pinchar a ésa que había tomado, decidí calmarme, poner un crank que bajase bastante y cambiar de punto.
Así tuve una seguidilla de tres piques y capturas. Todas tarariras de buen porte (más de 2 kilos, reales). Lamentablemente no hay más fotos porque estaba en un punto realmente incómodo, mal apoyado, haciendo equilibrio sobre las piedras, y sacar fotos no era fácil y realmente tampoco estaba demasiado interesado en hacerlo.

Estaba realmente más fascinado con la “hijadeputez” de estas tarariras que con la idea de sacar una foto. Realmente me estaban presentando un desafío serio.
Todos los piques se dieron en lugares diferentes. Bien separados, no menos de veinte metros de un punto al otro. Y estuve bien atento, clavando al primer toque fuerte.
Luego de eso perdí un pique más, similar al primero, muy fuerte. Creo que la falta de poder de la caña me impidió clavar esa vez. El rival pareció ser mayor. Y obviamente no conseguí que volviera a tomar a pesar de otros trescientos tiros inútiles al mismo lugar. Evidentemente la selectividad de estas tarariras está en un nivel mucho más alto del que conocía hasta ahora.
En el litoral normalmente el ataque de una pareciera despertar al resto: cuando una ataca, se desencadena una serie de ataques en puntos cercanos. Aquí pasaba todo lo contrario.
Luego de esa primera experiencia exitosa, el resultado promedio en los días sucesivos y en otros lugares diferentes fue similar. Cinco o seis piques en un par de horas, no más que eso.
Piques muy violentos y tarariras de muy buen porte, siempre. También siempre en profundidad, con spinners o cranks silenciosos, recuperando muy lentamente y clavando de inmediato sobre el pique para no perderlo. La velocidad de reacción es crucial. Escupen el engaño muy rápido al sentirse pinchadas, lo cual sumado a la profundidad dificulta la clavada.
Dedicado ya plena y desvergonzadamente al paisajismo, que fue lo que mejor me salió durante mi estadía mediterránea, les dejo algunas imágenes para que se deleiten con la belleza de los escenarios cordobeses.

Conclusión
El balance en una primera impresión no es positivo si comparamos con la zona litoraleña. Como dije al principio, volví un poco bajoneado por el pobre resultado numérico. Pero con el correr de los días y las charlas con amigos cordobeses fui dándome cuenta que no fue por falencias mías la pobreza de la pesca, sino que es así normalmente. Lo habitual en Córdoba es este resultado. Evidentemente ando mal acostumbrado.
Vuelto a la realidad y mirando ahora con frialdad, hago un balance diferente: alto desafío el que presentan las tarariras cordobesas. No sólo encontrarlas es difícil. Tentarlas y clavarlas también es una tarea que requiere por lo menos de mucha paciencia y precisión.
2014_02_taruchas_truchas_cierreEntiendo que la población, muy diezmada por el ser humano, se comportaría algo diferente de ser mayor la cantidad de ejemplares. Tal vez la conciencia de los pescadores pueda hacer de este pesquero un destino de excelencia en algunos años, si deciden cuidarlo. Una reglamentación que proteja la tararira sería muy beneficiosa para la provincia. Estoy seguro que redituaría en innumerables beneficios, en términos turísticos y monetarios sobre todo.
Ojalá así sea, porque me quedé con la agradable sensación de que las tarariras más grandes de la Argentina tienen cantito cordobés.

Taruchas “truchas” Que se sepa. No iba a contar esta historia. Al menos no de esta manera. Porque en realidad volví deprimido, decepcionado, fracasado.

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