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Continuando con el espíritu de los primeros “Apuntes de un tarufán obsesivo”, quiero ahora ampliar y corregir algunas cosas que afirmé en esa nota e incorporar otras nuevas que aprendí la temporada pasada, en la que otra vez me dediqué a pescar tarariras como un poseso. Por supuesto, mis observaciones no son de ninguna manera reglas, sino sólo consejos que pueden funcionar o no según la situación de pesca. Algunas de esas observaciones son producto de mi carácter obsesivo, pero la mayoría no son deducciones propias sino hurtos de lo que les vi hacer a otros pescadores más experimentados con los que tuve la suerte y el privilegio de pescar.
Como hice con los apuntes anteriores, voy a organizar éstos por tema.

Sobre mi experiencia la temporada pasada
Analizando en retrospectiva puedo decir que tuve la suerte de conseguir algunas capturas de muy buen porte, tanto de hoplias malabaricus (tarariras comunes) como de lacerdae (tornasoles), así que para mí fue una temporada heavy.


En cambio, si la pienso desde los señuelos que usé, debo reconocer que tuve una temporada soft: en general pesqué con artificiales blandos, en especial ranas antienganche. Al principio utilicé ese tipo de señuelos por las condiciones de los lugares donde pescaba, pero me dieron tan buenos resultados que me fui fanatizando y terminé pescando con softbaits antienganche incluso donde no era necesario hacerlo.

Sobre algunos señuelos y cómo usarlos
Tanto me fanaticé con los artificiales blandos que si hoy me preguntaran por los señuelos imprescindibles para la pesca de tarariras, respondería que los básicos esenciales son solamente dos: una cuchara giratoria número tres y una rana antienganche. No pretendo subestimar los demás señuelos (de hecho en la nota anterior destaqué que contar con variedad de artificiales es muy importante y lo sigo creyendo), sino resaltar que con esos dos, usándolos juntos o por separado, se pueden pescar taruchas en todos los ámbitos, mientras que los demás señuelos no son tan versátiles, funcionan según las condiciones del lugar donde se quiera pescar. En cambio, con la rana sola pescamos en superficie tanto si hay vegetación como si no la hay, con la cuchara sola pescamos en aguas abiertas desde subsuperficie hasta media agua e incluso más abajo, según cuánto tiempo la dejemos profundizar antes de empezar a recoger, y con la cuchara ensamblada a la rana podemos pescar tanto en ámbitos vegetados como en aguas despejadas en todo el rango de profundidad hasta rascar el fondo si es preciso[1. Sobre cómo usar y tunear las ranitas, hay dos notas fantásticas del señor Ramone en este mismo sitio: “Evitando el enganche I y II”. Si ya las leyeron, repásenlas, y si aún no lo hicieron, dejen esta nota y lean ésas, que brindan información mucho más útil y práctica.]. Además, este ensamble de señuelos suele ser muy efectivo en dos sentidos: por un lado recibe muchos ataques porque le encanta a las taruchas, o sea que es efectivo para el pez, y por otro lado disminuye la dificultad de la clavada con la rana antienganche, o sea que es efectivo para el pescador porque, como lo que llama la atención suele ser la acción giratoria de la cuchara a profundidad variable, por lo común la tarucha sigue al artificial y lo ataca desde atrás (a diferencia de las ranas solas que, por trabajar en superficie son acechadas desde abajo y reciben ataques desde todos los ángulos, por lo cual el pescador debe esperar unos segundos antes de cañar para que la tarucha pueda acomodar la rana en su boca). Y no hay que olvidar que también podemos usar la rana con cuchara de otra manera: en vez de recoger de forma constante para que la cuchara gire, podemos dejar que el señuelo profundice y luego darle dos o tres tirones cortos, que desplazan y levantan al artificial, y después hacer una pausa para que la ranita vuelva a bajar, de esa manera la cuchara no gira, sino que aporta brillo y color y sobre todo lastre para acelerar el hundimiento.


Esta técnica usada con la rana con cuchara o con cualquier soft montado en un anzuelo offset lastrado, ya sea porque lo compramos así o porque le ponemos peso nosotros (yo uso un plomito pasante de 7 gramos abierto a lo largo con una sierra y luego cerrado con una pinza sobre la pata del anzuelo), la usé y comenté en la nota anterior, pero durante esta temporada derivó en lo que terminé llamando “la arrastradita” y que me ha permitido pescar incluso cuando las tarariras están bien abajo y reticentes a atacar. La idea es dejar que el señuelo antienganche lastrado baje hasta tocar fondo y recién entonces empezar a recoger lentamente un trayecto breve, para que el artificial revuelva el barro del fondo y genere una niebla en el agua que llama la atención de las taruchas porque parece la huida de algún bicho por el fondo; luego hay que dar dos o tres tirones cortitos para que el señuelo se eleve y salga de esa nube turbia, con lo que queda expuesto a la vista del depredador, y entonces hay que dejarlo bajar suavemente al fondo otra vez. Durante ese descenso es que suele atacar la tararira. Claro que a veces trabajar con los señuelos en el fondo trae sorpresas y se prende algún bigotudo.


Además de “la arrastradita”, otro recurso que puede funcionar cuando están remisas o aletargadas para atacar, es agregar a la rana antienganche un anzuelo simple que va montado con un gusano atrás del cuerpo de la rana, con lo que se consigue alargar el señuelo para que lo tomen las taruchas cuando tienen reacciones más lentas. En otras circunstancias es un recurso excesivo, cuatrero, pero cuando están remolonas y reaccionan tarde puede ser una solución.
Con respecto a la acción de las ranas solas en superficie, durante esta última temporada pude confirmar algo que advertí la anterior: la velocidad con que las movemos es determinante para generar ataques y para que esos ataques sean certeros. Creo que en general muevo las ranas a menor velocidad que la mayoría de los pescadores que me acompañan y muchas veces obtengo más ataques (no más capturas, porque no hay que olvidar mi manquismo incurable), así que me animo a afirmar que por lo común un movimiento corto, no muy veloz y alternado con pausas en las que dejo la rana quieta, es más efectivo que un desplazamiento rápido y regular.


Sobre la clavada con las ranas sigo pensando que es un asunto complejo que se va resolviendo a medida que se incorpora experiencia, pues la decisión de no esperar o cuánto esperar para cañar debe resolverse a partir de procesar la mayor cantidad posible de variables al momento del pique (me refiero a variables como la dirección de origen y la violencia del ataque, el tamaño estimado de la tarucha, la cantidad y el tipo de vegetación de la cancha). O sea que cuantas más cosas seamos capaces de observar y evaluar en un instante, más chances tendremos de ajustarnos a la situación del pique para resolverlo con eficacia. Para mejorar hay que detenerse a reflexionar sobre cada pique errado, sobre cada tararira perdida. La pesca, como cualquier otra actividad a cuya práctica nos lancemos con pasión, nos irá haciendo aprender, y aprender es precisamente pensar más rápido y mejor a partir de cada error. Dicho así parece dificultoso como una ecuación, pero a medida que sumamos experiencia salida tras salida, definir el tiempo para la clavada se va volviendo menos consciente y más automático. Es como con la música: primero hay que leer la partitura para aprender la obra, hay que tomar una decisión consciente para resolver cada nota, pero de a poco, con las repeticiones, la obra se incorpora a la memoria y después las notas salen solas, con lo que el músico empieza a disfrutar e interpretar como él quiere la obra.
Lo que sí puedo agregar a lo dicho en la nota anterior sobre la clavada con ranas, es que me ha resultado muy efectivo cañar de inmediato, sin esperar o esperando apenas un segundo, cuando se trata de tarariras chicas, de menos de un kilo, dado que por el tamaño de sus bocas una rana promedio les entra justo o incluso les queda encajada. Es decir que no tiene sentido esperar, porque la tarucha no puede acomodar la rana en su boca para tragarla; en verdad lo único que puede hacer una tararira chica con la rana, si no le quedó trabada en la boca, es escupirla, así que si esperamos unos segundos para cañar, lo que estamos haciendo es darle el tiempo necesario para librarse de nuestro engaño.


En cuanto al color de las ranas, me parece que no es determinante como sí lo es la forma en la que las accionamos. Sin embargo, es razonable pensar que según la luz y las condiciones del agua hay colores más o menos visibles, así que me atrevo a decir que en general las ranas negras o con cabeza negra reciben más ataques cuando el sol está bien alto y el agua es transparente, porque entonces el negro hace más contraste que otros colores (pensemos en el ángulo de visión desde abajo de las taruchas). En cambio, a última hora del día, cuando las tarariras suelen ponerse rabiosas, conviene usar ranas blancas, pero no para que las vean las taruchas sino nosotros: en la oscuridad creciente el color blanco es el que más se distingue y por lo tanto es el que nos permitirá apreciar mejor las circunstancias del pique.


Una situación en la que los buzzers me han resultado especialmente eficaces es cuando la vegetación orillera es muy densa y al pasar con las ranas por encima los ataques son siempre fallidos; en esa circunstancia desesperante, cuando ya movimos durante un buen rato las tarariras debajo de las plantas sin conseguir ningún pique neto, conviene cambiar de estrategia e insistir con señuelos bien ruidosos y revolvedores como los buzzers para lograr que las taruchas salgan al agua abierta y el pique se detone en los cincuenta centímetros contiguos al borde de la vegetación. Para eso hay que pasar muchas veces con los buzzers, tanto en paralelo a las plantas como en perpendicular, haciendo que el señuelo ingrese en las bahías que forma la vegetación.


Ya lo señalé en la nota anterior pero creo que vale la pena repetirlo porque es fundamental: el señuelo debe ser el explorador que recorra la geografía de la cancha, debe contornear todo hito que se destaque: orillas, islotes de tierra o vegetación, juncos o yuyos, ramas y troncos hundidos, grietas y piedras del fondo (si la transparencia del agua nos permite apreciarlos). Cuando la vegetación acuática forma cabos y bahías en su borde con el agua despejada, las tarariras suelen ubicarse en dos puntos: en el extremo de los cabos del lado contrario al que corre el agua (o sea que las taruchas asechan allí lo que la corriente pueda traerles), y en el extremo opuesto, bien al fondo de la panza de las bahías, donde el agua está más quieta (como si prefirieran esa calma para reposar).
He intentado varias veces pescar de noche en superficie y tuve buenos resultados tanto con tarariras como con doradillos gracias al jitterbug que, como hace mucho ruido, revuelve mucha agua y puede ser traído bien lento, permite que los depredadores lo puedan atacar incluso cuando no lo ven (de hecho tampoco lo vemos nosotros, es una pesca puramente auditiva y táctil, distinta).


Continuando con este tema de los señuelos de superficie y las horas para usarlos, quiero destacar que hay un momento del día, hacia el final de la tarde pero antes del atardecer propiamente dicho, en que por el ángulo en que incide la luz sobre el agua deja de producir esa reverberación (ante la que conviene usar lentes oscuros que atenúen o anulen el reflejo y nos posibiliten incluso pescar a pez visto) que molesta durante casi toda la jornada y, por el contrario, es como si la superficie del agua se iluminara, con lo cual se puede advertir con nitidez tanto el movimiento del señuelo como cualquier alteración del agua, ya sean las ondas del desplazamiento del artificial, ya sea la estela del movimiento de una tarucha. Es la hora indicada para probar la acción de los señuelos de superficie porque vemos hasta el más mínimo detalle de lo que provocan en el agua. También es la hora indicada para experimentar qué hacer cuando vemos la estela que delata que el pez está siguiendo el artificial, si acelerar o enlentecer o directamente frenar el señuelo. Ese momento previo al atardecer es como el laboratorio de los que amamos pescar taruchas en superficie, y encima tiene el premio de que después viene el momento de mayor pique de la jornada.


Precisamente, sobre las ondas que genera un señuelo de superficie hay un detalle que quiero destacar porque su observación, primero accidental y luego voluntaria, me fue útil varias veces. Ni bien cae al agua el señuelo, genera ondas concéntricas y luego, cuando le damos vida, ondas que se expanden principalmente hacia atrás y hacia los costados; la interrupción de esas ondas en superficie puede delatar la presencia en subsuperficie de una tararira o de una rama o de algún otro obstáculo hundido. No es tan notable como la estela que deja un pez al seguir al señuelo, sino algo mucho más sutil, una alteración o un corte en la manera en que las ondas se expanden, que puede ayudarnos a definir mejor a dónde lanzar en los tiros siguientes, ya sea para tentar a la probable tarucha o para esquivar la posibilidad de enganche.

Sobre las canchas y cómo entrarles
Siempre que se habla de pesca al golpe se piensa en dorados, pero me ha sucedido unas cuantas veces que las taruchas tomaran de inmediato el señuelo al golpear el agua, o casi de inmediato cuando apenas había tenido tiempo de empezar a recoger o darle un primer movimiento al artificial. No voy a desarrollar una teoría de pesca al golpe de tarariras porque me falta experimentar mucho para argumentar algo sistemático, pero sí puedo decir que en general ese pique instantáneo se dio en dos escenarios: por un lado, cuando en la orilla opuesta hay vegetación terrestre cuya fronda cae sobre el agua y forma un arco o un túnel que se vuelve un sitio de asecho perfecto para un depredador orillero como es la tarucha, si el señuelo entra justo por el hueco es muy probable que sea atacado; por otro lado, cuando la orilla opuesta es alta y tiene una barranca, o sea que el agua choca contra una pared de tierra, si el señuelo cae junto a la pared o pega contra la barranca y rebota al agua, también suele tener más chances de recibir un ataque que si cae agua adentro. Para aprovechar bien ese pique súbito, hay que ser cuidadoso en el casteo, tanto con la puntería como con la panza de mono o multifilamento: todo el tiempo que se demora en recoger la panza es tiempo perdido para clavar al pez que ya tomó el señuelo. Otro detalle a tener en cuenta es que si al golpear el agua el señuelo no fue atacado, de todas maneras llamó la atención de cualquier depredador que hubiere en el lugar, así que conviene no dejarlo quieto sino darle vida lo antes posible pero sin alejarlo de la orilla, es decir que el primer movimiento que le demos al artificial deberá ser rápido pero corto, para mostrar que es algo animado, y ahí sí hacer una pausa y dejarlo a la deriva unos segundos, dado que en general la tararira no suele ser tan veloz y directa como el dorado para decidirse a atacar lo que cayó al agua. No estoy diciendo con todo esto que hay que salir a golpear barrancas, o más bien barranquitas de arroyos, para pescar tarariras, simplemente señalo que en ocasiones puede resultar y por eso conviene estar atento.


La situación contraria a ese pique inmediato en la orilla opuesta, es el pique a nuestros pies, cuando estamos por sacar el señuelo del agua y recibe un ataque, ya sea porque la tarucha venía siguiendo el artificial y no lo habíamos advertido, o porque estaba apostada junto a nosotros. En general este pique se da después de un rato de casteo en el mismo lugar, probablemente porque el ruido y el movimiento llamaron la atención de la tararira, o porque en alguno de nuestros lanzamientos siguió al señuelo pero no llegó a atacarlo. Lo cierto es que también este pique es difícil de clavar debido a que nos sorprende (a veces hasta nos asusta), y además no hay la distancia suficiente para cañar con comodidad porque el señuelo ya está a centímetros de la puntera. Si por reflejo tratamos de clavar igual, lo más común es que le saquemos el artificial de la boca a la tarucha; en cambio, si dejamos que atropelle el señuelo y se lo lleve, si recién cañamos unos segundos más tarde cuando ya se alejó un poco de nosotros, entonces la secuencia es más probable que termine en captura y foto.


Al ir a una cancha que ya conocía en detalle y encontrarla totalmente alterada por la crecida del curso de agua, me fue muy útil para poder ubicar las taruchas en ese contexto nuevo con mucha más agua, recordar los puntos más playos de la costa en situación normal. Esos puntos se convierten con la crecida en desbordes donde las tarariras acuden como si les gustara tomar sol entre los pastos.


Por lo común el calor activa a las tarariras, pero no si es excesivo. Durante la temporada pasada sucedió que hubo temperaturas extremas, el calor superó ampliamente los cuarenta grados, por lo cual el agua hervía y era como si las taruchas hubieran desaparecido, incluso al atardecer. En esos días sólo conseguí pescar al amanecer y hasta las ocho de la mañana como mucho, para las nueve ya era imposible lograr un pique.
Por último, para esas circunstancias en que nada funciona y estamos a punto de darnos por vencidos, quiero aportar un consejo que me dio Marcos Aranda, un gran pescador uruguayo que me inició en la pesca de las tornasoles: cuando todo lo razonable no resulta, entonces hay que probar lo insólito. Cuando fracasó todo lo que la experiencia y el sentido común nos dicen que hagamos, probar lo diametralmente opuesto puede deparar una sorpresa. Así que agotados los recursos racionales, bien vale intentar lo absurdo: lanzar al lugar indebido, utilizar el señuelo incorrecto, y no sólo porque puede traernos una captura inesperada, sino también, fundamentalmente, porque nos lleva a enfrentarnos con nuestros límites mentales como pescadores: ahí quedan expuestas nuestras ideas preconcebidas, nuestros prejuicios y hasta nuestras vanidades, y de ese aprendizaje seguro que extraemos algo interesante.

Nuevos apuntes de un tarufán obsesivo Continuando con el espíritu de los primeros “Apuntes de un tarufán obsesivo”, quiero ahora ampliar y corregir algunas cosas que afirmé en esa nota e incorporar otras nuevas que aprendí la temporada pasada, en la que otra vez me dediqué a pescar tarariras como un poseso.

La pes­ca no de­por­ti­va

La pes­ca no de­por­ti­va

La pes­ca no de­por­ti­va

Siguiendo con esta serie de artículos que llaman a la reflexión sobre nuestra actividad es que difundimos este interesante texto escrito por Efraín Castro (también conocido como Tornillo o Pez Ácido).
Si bien refiere a la pesca con mosca nos parece que su opinión acerca del desarrollo de esta actividad resultan de sumo interés. Para leer y seguir pensado.
Que lo disfruten.

 (Prefacio del libro…

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El dorado macho no llega a grandes tamaños.

El dorado macho no llega a grandes tamaños.

Los dorados machos no exceden en general los 10 kg. de peso. Las hembras en cambio pueden superar ampliamente los 20 kilos.
Siguiendo entonces la lógica del post anterior, donde explicamos que los peces mas grandes son los que mejores genes presentan, y por ello hay que evitar sacrificarlos, así no disminuímos las posibilidades de mantener poblaciones con ejemplares grandes.

Es importante saber…

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No hay que matar al pez más grande?

No hay que matar al pez más grande?

Si pescás y decidís matar un pez para comerlo, la creencia popular indica que hay que matar al más grande con la excusa de que “es el más viejo”…
Pero… ¡ES FALSO, NO ES ASÍ!

Creer que el pez más grande es ése al cual es más indicado matar es un error muy común.
Contrariamente a lo que se piensa, el pez de mayor talla es, en general, el que está mejor desarrollado en términos genéticos y ese buen…

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De un tiempo a esta parte empecé a darme cuenta que ya no pensaba de la misma manera.
Evidentemente la madurez hace que uno pueda hacer más conscientes casi todos sus actos y así aquéllos que eran solamente un impulso empiezan a verse más vinculados a la razón.
Recuerdo mi primer gran pesca. Tendría menos de diez años cuando armado de un mojarrero cometí mi primer masacre de mojarritas y dientudos. Fue en algún arroyo de la provincia de Buenos Aires, donde hoy seguramente ya nadie puede pescar nada, salvo un resfrío. El grato recuerdo de esos días, de la diversión, de la alegría, del éxito total, se ve hoy opacado por mi pensamiento consciente. Es que mi evolucionada mente ya no acepta aquella práctica como válida. ¿Qué pasó en medio de todo eso? ¿Qué fue lo que hizo cambiar mi manera de disfrutar de la pesca?
No es fácil entender cómo llegué a este presente cuando todos sabemos que hay gente que elige pescar siempre de la misma manera desde hace muchos años. Es que no sé si la evolución está en la naturaleza de todos los seres humanos. Creo que algunos están preparados para evolucionar, o se les da más naturalmente, mientras que otros son más tradicionalistas y son capaces de pasarse la vida entera haciendo exactamente lo mismo.
La cuestión es que quienes evolucionamos sentimos la necesidad de transmitir de alguna manera al resto de los humanos esa evolución. Porque si no la transmitimos a los demás no tendría sentido. Aquellos primates que empezaron a caminar erguidos, aunque la mayoría aún lo hiciera en cuatro patas, seguramente no dejaron de hacerlo pese a parecer “bichos raros”, y de seguro con el tiempo empezaron a ser imitados, hasta que todos caminaron erguidos sobre sus piernas. Así ganaron velocidad, pudieron ver desde más alto y por lo tanto cazar mejor: evidentemente la evolución es positiva.
El tema es que no siempre evolucionar es sinónimo de “poder matar mejor”. Por el contrario, en nuestros días estamos siendo testigos de situaciones que los naturalistas más antiguos definirían como una involución.
Algunas corrientes filosóficas consideraban como natural el incremento del poderío físico y esperaban que los hombres nos convirtiéramos en súper-hombres: más altos, más fuertes, más poderosos. Hoy ese anhelo sólo se traduce en películas de ciencia ficción. La realidad es que los hombres somos cada vez más débiles físicamente.
Pero está visto que la evolución del ser humano no pasa por el poderío físico sino por el intelectual.
El hombre más poderoso no es el más fuerte. El hombre más poderoso es el más inteligente. Y el hombre más inteligente se ha dado cuenta que el planeta en el que habita se está quedando sin recursos. Sin minerales, sin vegetales, sin animales, sin peces, sin agua. Y ese hombre pensante también se ha dado cuenta que si sigue consumiendo indiscriminadamente esos recursos que el planeta le brinda, va a quedarse sin nada. Algún día esos recursos empezarán a agotarse si la actitud del hombre no cambia. Aquí está la clave del tema. Cuando uno mira hacia atrás y comprende que hizo algo mal y es capaz de corregirlo y cambiarlo, está evolucionando. Aunque evolucionar signifique en este caso dar un paso atrás y dejar vivir en lugar de matar.
Evolucioné naturalmente al principio, de manera más consciente después. Pero al fin y al cabo he elegido no matar más peces hace mucho tiempo. Y he decidido también tratar de transmitir mi evolución al resto de los pescadores a los cuales tengo acceso, porque sé que son seres humanos inteligentes, capaces como yo de evolucionar.
La evolución no es un camino que se transita en un ascensor. No pasamos de un estado al superior mágicamente. No dejamos de matar, de torturar, de lastimar de un día para el otro. Es probable que debamos hacerlo de a poco necesariamente. Porque la naturaleza nos impuso algo distinto y no es sencillo cambiar el mandato de la naturaleza. Y también sabemos que la pesca es de alguna forma un vicio, que no puede ser arrancado de raíz.
Mi evolución fue paulatina, escalón por escalón. Pesqué mucho, con carnada. Maté mucho, a veces inútilmente. Un día empecé a pescar con señuelos. Otro día dejé de pescar con carnada. Otro día dejé de matar y decidí devolver casi todo lo que pescaba. Pocos días después descubrí que me producía una alegría mayor ver salir nadando al pez, recuperado luego de la lucha, que verlo muerto a mis pies. Días más tarde elegí pescar sólo algunas especies, las que más me divertían, y dejar en paz al resto. Varios días después decidí cuidar más los peces sacando anzuelos de mis señuelos para lastimar lo menos posible. Algunos días después sigo aprendiendo a manipular mejor y devolver al pez tratando de causarle el menor daño posible. Es probable que algún día decida pescar con mosca.
No obstante, a pesar de que soy consciente de haber evolucionado, no logro sacarme la pesca de la cabeza.
Tal vez algún día abandone el vicio y deje de pescar. Creo que falta mucho, pero estoy más cerca. Y sé que en mi camino el último peldaño de la escalera probablemente sea ése: dejar de pescar.
Tal vez ese día me llegue con la muerte. Pero incluso si es así me siento orgulloso de haber evolucionado, aunque en última instancia no haya podido abandonar el vicio.


Cerramos esta reflexión con una galería de comics del dibujante Dan Piraro, más conocido como Bizarro, donde “casualmente” se habla del hombre, la evolución, la pesca, los peces etc.
No hace falta traducción en la mayoría de los casos, pero se la agregamos por las dudas…

Les dejamos el enlace a la web del autor para que quien guste pueda disfrutar de su excelente trabajo.
Dan Piraro / Bizarro Comics 

Evolución consciente De un tiempo a esta parte empecé a darme cuenta que ya no pensaba de la misma manera.

Pocos saben que yo tuve “otra vida”. Otra vida en la que fuí docente, mucho antes de empezar a escribir sobre pesca. Y esa vida, que desarrollé durante más de diez años, justamente se centró en la enseñanza de los medios digitales que en ese momento eran algo muy nuevo.
Decía entonces que soy diseñador gráfico pero, como me dedico únicamente a medios digitales y fui docente de esa especialidad, tuve la tarea de investigar aquello que hace ya casi veinte años era completamente nuevo: la interfaz, y especialmente la interfaz gráfica.

Poniéndolo en términos simples, la interfaz gráfica es la manera de comunicarnos con un dispositivo o aparato. Cuando el dispositivo es virtual o digital (computadora, videojuego, etc), esa interfaz son los menús o botones que nos permiten operar ese aparato o maquinaria, cualquiera sea, y son una interfaz gráfica justamente porque no son reales sino visuales, o sea: un gráfico o dibujo que se traduce visualmente en un botón o palanca o lo que fuere que opere el software en cuestión.
Me dediqué durante varios años a investigar esas interfaces y su evolución a través de los diferentes dispositivos que fueron apareciendo (computadoras, celulares, tabletas, etc). Y sigo hoy día observando su evolución, que es cada vez más impresionante, pero ya la miro desde afuera, porque ya no me dedico a la docencia.
Aun así, debido a esta experiencia docente sumada a mi experiencia como pescador que data de cuando era niño, creo que puedo hablar en términos serios acerca de la pesca virtual y de las interfaces que se utilizan para ello.

La expresión “pescador de teclado” se ha convertido en un insulto en diferentes foros y círculos de pescadores cuando se quiere significar que alguna persona pesca únicamente de manera virtual es decir que sale poco de pesca, pero habla mucho de ella, en foros y redes sociales, por ejemplo, en lugar de salir a pescar realmente. Pero yo que investigué el tema, le veo un significado diferente a esa frase, un significado quizá más literal. Esa interpretación, me movió a investigar más en serio qué posibilidades nos ofrece lo virtual como alternativa o complemento de la pesca real.
Y allí fue cuando noté que la tecnología había evolucionado en los últimos años al punto de brindarnos una serie de artefactos que nos permiten pescar de manera virtual de una forma, a mi parecer, más o menos aceptable, o por lo menos bastante más cercana a la realidad de lo que era en los estadíos previos.
Ya no estamos en los tiempos en los cuales para jugar con una computadora se usaba únicamente el teclado. Ni siquiera los ya anticuados pero muy populares joysticks son la única opción que existe.
Para que se entienda: a mí me parece aberrante jugar virtualmente al tenis con un joystick y que para golpear la pelota haya que apretar un botón, porque eso no tiene mucho que ver con la realidad.

Pero cuando aparece “algo” que me permite jugar al tenis moviendo el brazo como si tuviera una raqueta en la mano y pegarle a la pelota sin apretar ningún botón, considero que estamos en un lugar aceptablemente bueno dentro de lo que el desarrollo de interfases nos propone.
Y a eso apunta la nota: a que tenemos hoy en día una serie de aparatos e interfaces que nos permiten usar en el mundo virtual los elementos creados a partir de una computadora, con un nivel de realismo que se acerca mucho, pero mucho, a la realidad misma.

La prehistoria de la pesca virtual
Los primeros juegos de pesca se remontan a la aparición y popularización de los sistemas operativos gráficos de computadoras personales (llámese Mac o Windows). A partir de estos sistemas es que aparecen juegos de temática “pesca” medianamente aceptables en cuanto a sus visualizaciones gráficas, y que obviamente van evolucionando y mejorando con la aparición de mejores hardwares de video para el muestreo de los gráficos.
Pero el problema seguía siendo la interfaz, o sea cómo jugábamos e interactuábamos con el juego. Para lanzar presionar “Z”, para recoger “X”, para clavar “C” y para tomar posición o apuntar usar las flechas del teclado… Esta interfaz de teclado no tenía mucho de natural, ni de real. Realmente eran un enretenimiento mas, del montón, despreciable en mi opinión. Tampoco la incorporación del mouse o de un joystick nos acercaron a un movimiento siquiera parecido a los que se realizaban pescando con una caña y un anzuelo en la vida real… Hasta que la tecnología lo hizo posible.

¡La evolución ha llegado señores!
Esta pesca virtual, esa despreciable pesca de teclado, fue francamente olvidable hasta que la empresa Nintendo sacó al mercado su consola Wii, seguida al poco tiempo por Microsoft con su Xbox360 y por Sony con su Playstation 3. Esta generación de consolas aparecida allá por el 2005/6, incorporó un control de movimiento que responde a un sensor (a veces una cámara) que detecta nuestro movimiento y emula en el terreno virtual los movimientos reales del brazo humano.
Nintendo lo llama “Remote”, Microsoft lo llama “Kinect” y Sony lo llama “Move”, pero esencialmente son la misma cosa: un control que nos provee de una interfaz (por primera vez aceptable) para que el movimiento de nuestros brazos y manos sea detectado por el hardware con mayor o menor precisión, traduciendo ese movimiento en acciones que se desarrollan en el campo virtual.
Así es que hoy podemos jugar al tenis o al ping pong moviendo nuestro brazo de una manera similar a la que lo hacemos en el tenis real.


La sensibilidad de estos controles está tan bien lograda que se detectan movimientos completos, incluidos detalles no menores en la pesca, como el giro de las muñecas, claramente notable en los juegos de ping-pong.
Esa interfaz “milagrosa” es la que hoy nos permite jugar a pescar de manera virtual de una forma aceptable.
Algunos ejemplos de movimientos que son necesarios para jugar mejor con estos softwares:
- Tenemos movimiento de casteo y de recogida iguales a los reales.
- Es necesario que clavar al pez, dando un cañazo, para no perderlo.
- Si no lo clavo se escapa, lo pierdo… y si lo clavo demasiado fuerte se corta la linea!
- Hay que regular la velocidad de recogida para no cortar.
- Hay vibración en el control cuando tenemos un pique.
- ¡Hay que pasear los paseantes y poppear los poppers! (con los mismos movimientos de muñeca que se hacen en la pesca real)

Insisto, todos los movimientos que acabo de mencionar hay que hacerlos en el terreno virtual. Es decir, imitar lo que hacemos en la pesca real con el control de la consola de juegos.
Antes de esta generación de consolas, todos estos “detalles” (no menores en mi opinión) no eran posibles de realizar en la pesca virtual.
Cuando mi hijo vio que yo pescaba y él no en su Wii, empezó a pedirme que le explicara por qué a mí los peces me picaban y a él no. “¿Qué tengo que hacer?”, me preguntó. Y ahí fue que se produjo el milagro de poder demostrar que para jugar bien a estos juegos, hay que saber pescar en serio. No son juegos para gamers empedernidos, sino para pescadores con falencia de salidas de pesca.

Así que el que no lo sabía ya puede enterarse: existen realidades de pesca virtuales que se asemejan mucho a la pesca real. Estos juegos son un entretenimiento para nada despreciable cuando no hay posibilidad de salir a pescar de verdad.
Además hay que tener en cuenta que la mayoría de los videojuegos está desarrollada en conjunto por empresas de videojuegos y por empresas de pesca, como por ejemplo Rapala, que cuenta con un equipo de desarrollo especial integrado obviamente por pescadores reales. El resultado son juegos que emulan la pesca con una calidad tal que nos permiten, por ejemplo, analizar el movimiento de los señuelos bajo el agua, estudiar la forma en que los movimientos de caña repercute en la natación del señuelo, ver la profundidad de nado y sus variaciones según la velocidad de recogida, y muchos más detalles que en la pesca real no podemos siquiera imaginar.

Puedo decirles, con conocimiento de causa, que hoy día la pesca virtual vale la pena para pasar el rato, para analizar y hasta para aprender algunas cositas… Sin descuidar la pesca real, por supuesto, que es inigualable.
Aclaro que no estoy ignorando que existe también gran cantidad de juegos para celulares y tabletas, pero no es el objetivo de esta nota referirme a ellos, ya que creo que justamente carecen de la interfaz mínima, en mi opinión imprescindible hoy día, para lograr que un pescador real se interese en ellos.

Así que..  Si, el pescador de teclado es un ser despreciable. Pero el de move, kinect o remote… No es tan despreciable.
¡Evolucionen señores! ¡Que viva la tecnología!
Más de uno puede llegar a aprender algo usando alguno de estos jueguitos para niños.

maxresdefaultY ya que estamos, cuando hagan pesca real…
¡Devuelvan los peces!
Si no lo único que nos va a quedar es esto…

¿Pescadores de teclado? Pocos saben que yo tuve “otra vida”. Otra vida en la que fuí docente, mucho antes de empezar a escribir sobre pesca.

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