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La situación actual del surubí es bastante complicada. De un tiempo a esta parte se van prendiendo alarmas desde distintos lugares sobre la gran caída en la población de la especie. Desde Señueleros se nos ocurrió, para entender qué es lo que esta pasando, aportar nuestro granito de arena entrevistando a Norberto Oldani (doctor en biología, investigador del CONICET, especialista en ecología acuática), para que nos cuente un poco el ciclo de vida del surubí y por qué su población se ve tan seriamente afectada por la sobrepesca y las represas.

Hola Norberto, arranquemos hablando del ciclo de vida del surubí. ¿Se reproducen como el resto de los grandes migradores del río?
Guillermo, el surubí pintado, como todos los peces migradores, se reproducen en el cauce de los ríos, en ambientes lóticos, es decir donde hay velocidades de corriente. A veces, cuando se incrementa el nivel hidrométrico durante un tiempo, las lagunas también pueden volverse ambientes con velocidades de corriente y permitir que se reproduzcan en ellas los peces.

¿A partir de qué edad los surubíes comienzan a reproducirse?
Nosotros determinamos que el 100% de los surubíes pintados ya se reprodujeron al menos una vez a los 91 cm de longitud total, es decir a los 7 años. También hay algunos especímenes que se reproducen un poco antes con 83 cm y 6 años.

¿Los grandes surubíes son hembras? Si es así, ¿qué peso alcanzan los machos? ¿Y hay alguna manera fácil de diferenciarlos?
Por regla general, los especímenes más grandes son hembras y no tienen caracteres sexuales secundarios, esto significa que no se puede diferenciar a simple vista los machos de las hembras. (Tabla).

¿Cuál es la expectativa de vida y aproximadamente cuántos kilos aumenta por año?
A partir de un estudio de la edad del surubí pintado, estimamos que en los últimos 50 años tendrían que alcanzar 185 cm. Aunque tenemos registrados los peces más grandes en Itá Ibaté (1999-2004).
Longitud total (cm) Peso (Kg) Sexo
174 55 Hembra
165 28 Macho
160 30 Hembra
171 60 Hembra
171 65 Hembra
166 46 Hembra
161 45 Hembra
160 40 Hembra
160 45 Hembra

¿Es posible estimar la edad de un surubí? ¿Cómo?
Los peces en los primeros años de vida tienen el mayor crecimiento, y a medida que transcurre el tiempo el desarrollo va disminuyendo, se llama crecimiento asintótico. Los pescadores que tienen cierto ojo pueden hacer un ejercicio, que vale para todas las especies, pero con el surubí pintado es más fácil. Sabemos que los peces nacen masivamente entre octubre y noviembre, aunque el período de reproducción se extiende desde de septiembre a febrero. Para determinar la edad de los peces, por convención los forzamos a cumplir años el 1º de enero. Entonces las tallas que vamos a encontrar los 1º de enero corresponden a larvas recién eclosionadas, especímenes de 4 ó 5 cm que pudieron haber nacido en septiembre u octubre pasados, y los peces que cumplen 1, 2, 3, 4 años tendrán tallas de 45,08; 53,78; 61,94; 69,59 cm de longitud total respectivamente. Por supuesto que las tallas pueden variar alrededor de las modas asociadas al bienestar de los períodos de crecimiento. Con estas series se pueden calcular todas las edades. Si bien los muestreos para determinar la edad de los peces se pueden hacer cualquier día del año, para los menos experimentados el mejor día es el 1º de enero.

¿Cuál es la situación actual de la población de surubíes pintados en la cuenca Paraná-platense? ¿Hay riesgo de extinción o de que la especie entre en estado de regresión?
El pintado es la próxima especie que va a desaparecer como recurso económico, pero todavía no se van a extinguir. Están en una clara declinación de la abundancia y existe una pérdida de reproductores. Esto ya pasó con varias especies (manguruyú, pacú, salmón de río) y los organismos de control ni se dieron cuenta.

¿Cuáles son las principales causas de este estado crítico en la situación de la especie?
El pintado sufre el impacto de las represas y la pesca, tanto comercial como deportiva, efectuada sin ningún tipo de criterio de sustentabilidad.

¿Qué medidas deberían tomarse a partir de las reglamentaciones para tratar de paliar esta situación?
Hay que prohibir toda la comercialización para incrementar la abundancia de reproductores. Esto significa eliminarlo de la carta de los restaurantes, de las gancheras de los pescadores, y prohibir que los pescadores deportivos los saquen del agua.

Si la situación actual perdura en el tiempo, ¿qué riesgos se corren?
Por supuesto que los riesgos de extinción se incrementan cuando pasa el tiempo y no se recupera la abundancia de las poblaciones.

Para terminar quisiera pedirle una reflexión final como mensaje para todos los pescadores.
Los pescadores deportivos pueden hacer mucho por la conservación del surubí pintado, primero tienen que replantearse y respetar la actividad deportiva, tienen que darle una oportunidad a los peces (robar los peces, por ejemplo, no tiene nada de deportivo); otra cosa muy importante es que tienen que liberar los peces sin lesiones, todas esas fotografías que se sacan incrementan la mortalidad y esos reproductores no se recuperan más para las poblaciones.

Muchas Gracias Norberto.

Como hemos podido leer, lo que lleva al surubí a esta situación es una combinación de cosas:

1.- Cambio en el ecosistema a partir de la construcción de grandes represas, que no solamente cortan el recorrido migratorio de las poblaciones de surubíes, sino que alteran el régimen de inundación y seca del río, que es fundamental para la reproducción de los peces: río alto para el momento del desove, río bajo para que las crías se desarrollen.
2.- Captura y muerte indiscriminada de grandes reproductores, ya sea en pesca comercial como en deportiva.
3.- Pesca comercial incidental de ejemplares de pequeño porte, por ejemplo: todos los que caen en las redes orientadas a pescar sábalos para exportación.
4.- El tiempo que necesitan para llegar a la madurez sexual: los surubíes tienen que pasar como mínimo 6 años esquivando redes y cañas, que matan todo lo que sacan, para tener su primera oportunidad de reproducirse.
5.- En el ecosistema de la cuenca hay otro cambio del que poco se habla y es la pérdida de calidad del agua. Hay una degradación cada vez mayor producida por la contaminación, la falta de tratamiento de los residuos, tanto cloacales como industriales, de grandes y pequeñas ciudades ubicadas a la vera de los ríos.

07Esta triste pero real situación de uno de los peces emblemáticos del río Paraná es justamente el símbolo de la desidia con que se trata al río. Un pez majestuoso, en un río majestuoso, acorralado entre la espada y la pared por un sistema de explotación cortoplacista, en el que unos pocos avivados lucran con lo que es de todos sin tener en cuenta la sustentabilidad del recurso. El sistema, como en tantas otras situaciones, goza de la complicidad de la falta de educación y la falta absoluta de los controles necesarios. Una de las cosas que más complica, paradójicamente, es la nobleza de la cuenca del Plata, que no nos hace tomar dimensión real de la situación y sigue soportando todo tipo de desmanejos y depredaciones. Es un enfermo que desmejora de a poquito, tan de a poquito que no nos damos cuenta que se está perdiendo al toro del río, uno de los peces que lo identifica. Esperemos que no sea tarde y entre todos demos vuelta esta situación. Recordemos que esta historia ya la vivimos, el manguruyú es el lamentable ejemplo de lo que puede suceder. Cuidar el río no es sólo pescar dentro de los reglamentos, es también preocuparse por estos temas y trabajar cada uno desde su lugar para mejorar, ya sea difundiendo la problemática, concientizando a los amigos, poniéndole el hombro a una ONG o simplemente tratando de no hacer más daño del que ya está hecho por matar tanto pequeños como grandes reproductores por un par de milanesas. No nos quedemos quietos, no seamos mansos, y a pelearla juntos, que es la única esperanza de no sumar a la lista de los perdidos al surubí.

Surubí, triste pero real. Reportaje a Norberto Oldani. La situación actual del surubí es bastante complicada. De un tiempo a esta parte se van prendiendo alarmas desde distintos lugares sobre la gran caída en la población de la especie.

Los sábalos son los peces más abundantes de la cuenca parano-platense.

Tanto el sábalo común (porchilosus lineatus) como otras especies menores de la familia representan más del 50% de la biomasa del río. Para entenderlo fácilmente: por cada 1000 peces en el río, 500 son sábalos. Gracias a ellos la cuenca es una de las que más cantidad de peces tiene por hectárea en el mundo. Apretá el link y enterate porqué es tan importante este pez.

sabias_sabaloLos sábalos son peces…

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Continuando con el espíritu de los primeros “Apuntes de un tarufán obsesivo”, quiero ahora ampliar y corregir algunas cosas que afirmé en esa nota e incorporar otras nuevas que aprendí la temporada pasada, en la que otra vez me dediqué a pescar tarariras como un poseso. Por supuesto, mis observaciones no son de ninguna manera reglas, sino sólo consejos que pueden funcionar o no según la situación de pesca. Algunas de esas observaciones son producto de mi carácter obsesivo, pero la mayoría no son deducciones propias sino hurtos de lo que les vi hacer a otros pescadores más experimentados con los que tuve la suerte y el privilegio de pescar.
Como hice con los apuntes anteriores, voy a organizar éstos por tema.

Sobre mi experiencia la temporada pasada
Analizando en retrospectiva puedo decir que tuve la suerte de conseguir algunas capturas de muy buen porte, tanto de hoplias malabaricus (tarariras comunes) como de lacerdae (tornasoles), así que para mí fue una temporada heavy.


En cambio, si la pienso desde los señuelos que usé, debo reconocer que tuve una temporada soft: en general pesqué con artificiales blandos, en especial ranas antienganche. Al principio utilicé ese tipo de señuelos por las condiciones de los lugares donde pescaba, pero me dieron tan buenos resultados que me fui fanatizando y terminé pescando con softbaits antienganche incluso donde no era necesario hacerlo.

Sobre algunos señuelos y cómo usarlos
Tanto me fanaticé con los artificiales blandos que si hoy me preguntaran por los señuelos imprescindibles para la pesca de tarariras, respondería que los básicos esenciales son solamente dos: una cuchara giratoria número tres y una rana antienganche. No pretendo subestimar los demás señuelos (de hecho en la nota anterior destaqué que contar con variedad de artificiales es muy importante y lo sigo creyendo), sino resaltar que con esos dos, usándolos juntos o por separado, se pueden pescar taruchas en todos los ámbitos, mientras que los demás señuelos no son tan versátiles, funcionan según las condiciones del lugar donde se quiera pescar. En cambio, con la rana sola pescamos en superficie tanto si hay vegetación como si no la hay, con la cuchara sola pescamos en aguas abiertas desde subsuperficie hasta media agua e incluso más abajo, según cuánto tiempo la dejemos profundizar antes de empezar a recoger, y con la cuchara ensamblada a la rana podemos pescar tanto en ámbitos vegetados como en aguas despejadas en todo el rango de profundidad hasta rascar el fondo si es preciso[1. Sobre cómo usar y tunear las ranitas, hay dos notas fantásticas del señor Ramone en este mismo sitio: “Evitando el enganche I y II”. Si ya las leyeron, repásenlas, y si aún no lo hicieron, dejen esta nota y lean ésas, que brindan información mucho más útil y práctica.]. Además, este ensamble de señuelos suele ser muy efectivo en dos sentidos: por un lado recibe muchos ataques porque le encanta a las taruchas, o sea que es efectivo para el pez, y por otro lado disminuye la dificultad de la clavada con la rana antienganche, o sea que es efectivo para el pescador porque, como lo que llama la atención suele ser la acción giratoria de la cuchara a profundidad variable, por lo común la tarucha sigue al artificial y lo ataca desde atrás (a diferencia de las ranas solas que, por trabajar en superficie son acechadas desde abajo y reciben ataques desde todos los ángulos, por lo cual el pescador debe esperar unos segundos antes de cañar para que la tarucha pueda acomodar la rana en su boca). Y no hay que olvidar que también podemos usar la rana con cuchara de otra manera: en vez de recoger de forma constante para que la cuchara gire, podemos dejar que el señuelo profundice y luego darle dos o tres tirones cortos, que desplazan y levantan al artificial, y después hacer una pausa para que la ranita vuelva a bajar, de esa manera la cuchara no gira, sino que aporta brillo y color y sobre todo lastre para acelerar el hundimiento.


Esta técnica usada con la rana con cuchara o con cualquier soft montado en un anzuelo offset lastrado, ya sea porque lo compramos así o porque le ponemos peso nosotros (yo uso un plomito pasante de 7 gramos abierto a lo largo con una sierra y luego cerrado con una pinza sobre la pata del anzuelo), la usé y comenté en la nota anterior, pero durante esta temporada derivó en lo que terminé llamando “la arrastradita” y que me ha permitido pescar incluso cuando las tarariras están bien abajo y reticentes a atacar. La idea es dejar que el señuelo antienganche lastrado baje hasta tocar fondo y recién entonces empezar a recoger lentamente un trayecto breve, para que el artificial revuelva el barro del fondo y genere una niebla en el agua que llama la atención de las taruchas porque parece la huida de algún bicho por el fondo; luego hay que dar dos o tres tirones cortitos para que el señuelo se eleve y salga de esa nube turbia, con lo que queda expuesto a la vista del depredador, y entonces hay que dejarlo bajar suavemente al fondo otra vez. Durante ese descenso es que suele atacar la tararira. Claro que a veces trabajar con los señuelos en el fondo trae sorpresas y se prende algún bigotudo.


Además de “la arrastradita”, otro recurso que puede funcionar cuando están remisas o aletargadas para atacar, es agregar a la rana antienganche un anzuelo simple que va montado con un gusano atrás del cuerpo de la rana, con lo que se consigue alargar el señuelo para que lo tomen las taruchas cuando tienen reacciones más lentas. En otras circunstancias es un recurso excesivo, cuatrero, pero cuando están remolonas y reaccionan tarde puede ser una solución.
Con respecto a la acción de las ranas solas en superficie, durante esta última temporada pude confirmar algo que advertí la anterior: la velocidad con que las movemos es determinante para generar ataques y para que esos ataques sean certeros. Creo que en general muevo las ranas a menor velocidad que la mayoría de los pescadores que me acompañan y muchas veces obtengo más ataques (no más capturas, porque no hay que olvidar mi manquismo incurable), así que me animo a afirmar que por lo común un movimiento corto, no muy veloz y alternado con pausas en las que dejo la rana quieta, es más efectivo que un desplazamiento rápido y regular.


Sobre la clavada con las ranas sigo pensando que es un asunto complejo que se va resolviendo a medida que se incorpora experiencia, pues la decisión de no esperar o cuánto esperar para cañar debe resolverse a partir de procesar la mayor cantidad posible de variables al momento del pique (me refiero a variables como la dirección de origen y la violencia del ataque, el tamaño estimado de la tarucha, la cantidad y el tipo de vegetación de la cancha). O sea que cuantas más cosas seamos capaces de observar y evaluar en un instante, más chances tendremos de ajustarnos a la situación del pique para resolverlo con eficacia. Para mejorar hay que detenerse a reflexionar sobre cada pique errado, sobre cada tararira perdida. La pesca, como cualquier otra actividad a cuya práctica nos lancemos con pasión, nos irá haciendo aprender, y aprender es precisamente pensar más rápido y mejor a partir de cada error. Dicho así parece dificultoso como una ecuación, pero a medida que sumamos experiencia salida tras salida, definir el tiempo para la clavada se va volviendo menos consciente y más automático. Es como con la música: primero hay que leer la partitura para aprender la obra, hay que tomar una decisión consciente para resolver cada nota, pero de a poco, con las repeticiones, la obra se incorpora a la memoria y después las notas salen solas, con lo que el músico empieza a disfrutar e interpretar como él quiere la obra.
Lo que sí puedo agregar a lo dicho en la nota anterior sobre la clavada con ranas, es que me ha resultado muy efectivo cañar de inmediato, sin esperar o esperando apenas un segundo, cuando se trata de tarariras chicas, de menos de un kilo, dado que por el tamaño de sus bocas una rana promedio les entra justo o incluso les queda encajada. Es decir que no tiene sentido esperar, porque la tarucha no puede acomodar la rana en su boca para tragarla; en verdad lo único que puede hacer una tararira chica con la rana, si no le quedó trabada en la boca, es escupirla, así que si esperamos unos segundos para cañar, lo que estamos haciendo es darle el tiempo necesario para librarse de nuestro engaño.


En cuanto al color de las ranas, me parece que no es determinante como sí lo es la forma en la que las accionamos. Sin embargo, es razonable pensar que según la luz y las condiciones del agua hay colores más o menos visibles, así que me atrevo a decir que en general las ranas negras o con cabeza negra reciben más ataques cuando el sol está bien alto y el agua es transparente, porque entonces el negro hace más contraste que otros colores (pensemos en el ángulo de visión desde abajo de las taruchas). En cambio, a última hora del día, cuando las tarariras suelen ponerse rabiosas, conviene usar ranas blancas, pero no para que las vean las taruchas sino nosotros: en la oscuridad creciente el color blanco es el que más se distingue y por lo tanto es el que nos permitirá apreciar mejor las circunstancias del pique.


Una situación en la que los buzzers me han resultado especialmente eficaces es cuando la vegetación orillera es muy densa y al pasar con las ranas por encima los ataques son siempre fallidos; en esa circunstancia desesperante, cuando ya movimos durante un buen rato las tarariras debajo de las plantas sin conseguir ningún pique neto, conviene cambiar de estrategia e insistir con señuelos bien ruidosos y revolvedores como los buzzers para lograr que las taruchas salgan al agua abierta y el pique se detone en los cincuenta centímetros contiguos al borde de la vegetación. Para eso hay que pasar muchas veces con los buzzers, tanto en paralelo a las plantas como en perpendicular, haciendo que el señuelo ingrese en las bahías que forma la vegetación.


Ya lo señalé en la nota anterior pero creo que vale la pena repetirlo porque es fundamental: el señuelo debe ser el explorador que recorra la geografía de la cancha, debe contornear todo hito que se destaque: orillas, islotes de tierra o vegetación, juncos o yuyos, ramas y troncos hundidos, grietas y piedras del fondo (si la transparencia del agua nos permite apreciarlos). Cuando la vegetación acuática forma cabos y bahías en su borde con el agua despejada, las tarariras suelen ubicarse en dos puntos: en el extremo de los cabos del lado contrario al que corre el agua (o sea que las taruchas asechan allí lo que la corriente pueda traerles), y en el extremo opuesto, bien al fondo de la panza de las bahías, donde el agua está más quieta (como si prefirieran esa calma para reposar).
He intentado varias veces pescar de noche en superficie y tuve buenos resultados tanto con tarariras como con doradillos gracias al jitterbug que, como hace mucho ruido, revuelve mucha agua y puede ser traído bien lento, permite que los depredadores lo puedan atacar incluso cuando no lo ven (de hecho tampoco lo vemos nosotros, es una pesca puramente auditiva y táctil, distinta).


Continuando con este tema de los señuelos de superficie y las horas para usarlos, quiero destacar que hay un momento del día, hacia el final de la tarde pero antes del atardecer propiamente dicho, en que por el ángulo en que incide la luz sobre el agua deja de producir esa reverberación (ante la que conviene usar lentes oscuros que atenúen o anulen el reflejo y nos posibiliten incluso pescar a pez visto) que molesta durante casi toda la jornada y, por el contrario, es como si la superficie del agua se iluminara, con lo cual se puede advertir con nitidez tanto el movimiento del señuelo como cualquier alteración del agua, ya sean las ondas del desplazamiento del artificial, ya sea la estela del movimiento de una tarucha. Es la hora indicada para probar la acción de los señuelos de superficie porque vemos hasta el más mínimo detalle de lo que provocan en el agua. También es la hora indicada para experimentar qué hacer cuando vemos la estela que delata que el pez está siguiendo el artificial, si acelerar o enlentecer o directamente frenar el señuelo. Ese momento previo al atardecer es como el laboratorio de los que amamos pescar taruchas en superficie, y encima tiene el premio de que después viene el momento de mayor pique de la jornada.


Precisamente, sobre las ondas que genera un señuelo de superficie hay un detalle que quiero destacar porque su observación, primero accidental y luego voluntaria, me fue útil varias veces. Ni bien cae al agua el señuelo, genera ondas concéntricas y luego, cuando le damos vida, ondas que se expanden principalmente hacia atrás y hacia los costados; la interrupción de esas ondas en superficie puede delatar la presencia en subsuperficie de una tararira o de una rama o de algún otro obstáculo hundido. No es tan notable como la estela que deja un pez al seguir al señuelo, sino algo mucho más sutil, una alteración o un corte en la manera en que las ondas se expanden, que puede ayudarnos a definir mejor a dónde lanzar en los tiros siguientes, ya sea para tentar a la probable tarucha o para esquivar la posibilidad de enganche.

Sobre las canchas y cómo entrarles
Siempre que se habla de pesca al golpe se piensa en dorados, pero me ha sucedido unas cuantas veces que las taruchas tomaran de inmediato el señuelo al golpear el agua, o casi de inmediato cuando apenas había tenido tiempo de empezar a recoger o darle un primer movimiento al artificial. No voy a desarrollar una teoría de pesca al golpe de tarariras porque me falta experimentar mucho para argumentar algo sistemático, pero sí puedo decir que en general ese pique instantáneo se dio en dos escenarios: por un lado, cuando en la orilla opuesta hay vegetación terrestre cuya fronda cae sobre el agua y forma un arco o un túnel que se vuelve un sitio de asecho perfecto para un depredador orillero como es la tarucha, si el señuelo entra justo por el hueco es muy probable que sea atacado; por otro lado, cuando la orilla opuesta es alta y tiene una barranca, o sea que el agua choca contra una pared de tierra, si el señuelo cae junto a la pared o pega contra la barranca y rebota al agua, también suele tener más chances de recibir un ataque que si cae agua adentro. Para aprovechar bien ese pique súbito, hay que ser cuidadoso en el casteo, tanto con la puntería como con la panza de mono o multifilamento: todo el tiempo que se demora en recoger la panza es tiempo perdido para clavar al pez que ya tomó el señuelo. Otro detalle a tener en cuenta es que si al golpear el agua el señuelo no fue atacado, de todas maneras llamó la atención de cualquier depredador que hubiere en el lugar, así que conviene no dejarlo quieto sino darle vida lo antes posible pero sin alejarlo de la orilla, es decir que el primer movimiento que le demos al artificial deberá ser rápido pero corto, para mostrar que es algo animado, y ahí sí hacer una pausa y dejarlo a la deriva unos segundos, dado que en general la tararira no suele ser tan veloz y directa como el dorado para decidirse a atacar lo que cayó al agua. No estoy diciendo con todo esto que hay que salir a golpear barrancas, o más bien barranquitas de arroyos, para pescar tarariras, simplemente señalo que en ocasiones puede resultar y por eso conviene estar atento.


La situación contraria a ese pique inmediato en la orilla opuesta, es el pique a nuestros pies, cuando estamos por sacar el señuelo del agua y recibe un ataque, ya sea porque la tarucha venía siguiendo el artificial y no lo habíamos advertido, o porque estaba apostada junto a nosotros. En general este pique se da después de un rato de casteo en el mismo lugar, probablemente porque el ruido y el movimiento llamaron la atención de la tararira, o porque en alguno de nuestros lanzamientos siguió al señuelo pero no llegó a atacarlo. Lo cierto es que también este pique es difícil de clavar debido a que nos sorprende (a veces hasta nos asusta), y además no hay la distancia suficiente para cañar con comodidad porque el señuelo ya está a centímetros de la puntera. Si por reflejo tratamos de clavar igual, lo más común es que le saquemos el artificial de la boca a la tarucha; en cambio, si dejamos que atropelle el señuelo y se lo lleve, si recién cañamos unos segundos más tarde cuando ya se alejó un poco de nosotros, entonces la secuencia es más probable que termine en captura y foto.


Al ir a una cancha que ya conocía en detalle y encontrarla totalmente alterada por la crecida del curso de agua, me fue muy útil para poder ubicar las taruchas en ese contexto nuevo con mucha más agua, recordar los puntos más playos de la costa en situación normal. Esos puntos se convierten con la crecida en desbordes donde las tarariras acuden como si les gustara tomar sol entre los pastos.


Por lo común el calor activa a las tarariras, pero no si es excesivo. Durante la temporada pasada sucedió que hubo temperaturas extremas, el calor superó ampliamente los cuarenta grados, por lo cual el agua hervía y era como si las taruchas hubieran desaparecido, incluso al atardecer. En esos días sólo conseguí pescar al amanecer y hasta las ocho de la mañana como mucho, para las nueve ya era imposible lograr un pique.
Por último, para esas circunstancias en que nada funciona y estamos a punto de darnos por vencidos, quiero aportar un consejo que me dio Marcos Aranda, un gran pescador uruguayo que me inició en la pesca de las tornasoles: cuando todo lo razonable no resulta, entonces hay que probar lo insólito. Cuando fracasó todo lo que la experiencia y el sentido común nos dicen que hagamos, probar lo diametralmente opuesto puede deparar una sorpresa. Así que agotados los recursos racionales, bien vale intentar lo absurdo: lanzar al lugar indebido, utilizar el señuelo incorrecto, y no sólo porque puede traernos una captura inesperada, sino también, fundamentalmente, porque nos lleva a enfrentarnos con nuestros límites mentales como pescadores: ahí quedan expuestas nuestras ideas preconcebidas, nuestros prejuicios y hasta nuestras vanidades, y de ese aprendizaje seguro que extraemos algo interesante.

Nuevos apuntes de un tarufán obsesivo Continuando con el espíritu de los primeros “Apuntes de un tarufán obsesivo”, quiero ahora ampliar y corregir algunas cosas que afirmé en esa nota e incorporar otras nuevas que aprendí la temporada pasada, en la que otra vez me dediqué a pescar tarariras como un poseso.

La pes­ca no de­por­ti­va

La pes­ca no de­por­ti­va

La pes­ca no de­por­ti­va

Siguiendo con esta serie de artículos que llaman a la reflexión sobre nuestra actividad es que difundimos este interesante texto escrito por Efraín Castro (también conocido como Tornillo o Pez Ácido).
Si bien refiere a la pesca con mosca nos parece que su opinión acerca del desarrollo de esta actividad resultan de sumo interés. Para leer y seguir pensado.
Que lo disfruten.

 (Prefacio del libro…

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El dorado macho no llega a grandes tamaños.

El dorado macho no llega a grandes tamaños.

Los dorados machos no exceden en general los 10 kg. de peso. Las hembras en cambio pueden superar ampliamente los 20 kilos.
Siguiendo entonces la lógica del post anterior, donde explicamos que los peces mas grandes son los que mejores genes presentan, y por ello hay que evitar sacrificarlos, así no disminuímos las posibilidades de mantener poblaciones con ejemplares grandes.

Es importante saber…

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No hay que matar al pez más grande?

No hay que matar al pez más grande?

Si pescás y decidís matar un pez para comerlo, la creencia popular indica que hay que matar al más grande con la excusa de que “es el más viejo”…
Pero… ¡ES FALSO, NO ES ASÍ!

Creer que el pez más grande es ése al cual es más indicado matar es un error muy común.
Contrariamente a lo que se piensa, el pez de mayor talla es, en general, el que está mejor desarrollado en términos genéticos y ese buen…

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De un tiempo a esta parte empecé a darme cuenta que ya no pensaba de la misma manera.
Evidentemente la madurez hace que uno pueda hacer más conscientes casi todos sus actos y así aquéllos que eran solamente un impulso empiezan a verse más vinculados a la razón.
Recuerdo mi primer gran pesca. Tendría menos de diez años cuando armado de un mojarrero cometí mi primer masacre de mojarritas y dientudos. Fue en algún arroyo de la provincia de Buenos Aires, donde hoy seguramente ya nadie puede pescar nada, salvo un resfrío. El grato recuerdo de esos días, de la diversión, de la alegría, del éxito total, se ve hoy opacado por mi pensamiento consciente. Es que mi evolucionada mente ya no acepta aquella práctica como válida. ¿Qué pasó en medio de todo eso? ¿Qué fue lo que hizo cambiar mi manera de disfrutar de la pesca?
No es fácil entender cómo llegué a este presente cuando todos sabemos que hay gente que elige pescar siempre de la misma manera desde hace muchos años. Es que no sé si la evolución está en la naturaleza de todos los seres humanos. Creo que algunos están preparados para evolucionar, o se les da más naturalmente, mientras que otros son más tradicionalistas y son capaces de pasarse la vida entera haciendo exactamente lo mismo.
La cuestión es que quienes evolucionamos sentimos la necesidad de transmitir de alguna manera al resto de los humanos esa evolución. Porque si no la transmitimos a los demás no tendría sentido. Aquellos primates que empezaron a caminar erguidos, aunque la mayoría aún lo hiciera en cuatro patas, seguramente no dejaron de hacerlo pese a parecer “bichos raros”, y de seguro con el tiempo empezaron a ser imitados, hasta que todos caminaron erguidos sobre sus piernas. Así ganaron velocidad, pudieron ver desde más alto y por lo tanto cazar mejor: evidentemente la evolución es positiva.
El tema es que no siempre evolucionar es sinónimo de “poder matar mejor”. Por el contrario, en nuestros días estamos siendo testigos de situaciones que los naturalistas más antiguos definirían como una involución.
Algunas corrientes filosóficas consideraban como natural el incremento del poderío físico y esperaban que los hombres nos convirtiéramos en súper-hombres: más altos, más fuertes, más poderosos. Hoy ese anhelo sólo se traduce en películas de ciencia ficción. La realidad es que los hombres somos cada vez más débiles físicamente.
Pero está visto que la evolución del ser humano no pasa por el poderío físico sino por el intelectual.
El hombre más poderoso no es el más fuerte. El hombre más poderoso es el más inteligente. Y el hombre más inteligente se ha dado cuenta que el planeta en el que habita se está quedando sin recursos. Sin minerales, sin vegetales, sin animales, sin peces, sin agua. Y ese hombre pensante también se ha dado cuenta que si sigue consumiendo indiscriminadamente esos recursos que el planeta le brinda, va a quedarse sin nada. Algún día esos recursos empezarán a agotarse si la actitud del hombre no cambia. Aquí está la clave del tema. Cuando uno mira hacia atrás y comprende que hizo algo mal y es capaz de corregirlo y cambiarlo, está evolucionando. Aunque evolucionar signifique en este caso dar un paso atrás y dejar vivir en lugar de matar.
Evolucioné naturalmente al principio, de manera más consciente después. Pero al fin y al cabo he elegido no matar más peces hace mucho tiempo. Y he decidido también tratar de transmitir mi evolución al resto de los pescadores a los cuales tengo acceso, porque sé que son seres humanos inteligentes, capaces como yo de evolucionar.
La evolución no es un camino que se transita en un ascensor. No pasamos de un estado al superior mágicamente. No dejamos de matar, de torturar, de lastimar de un día para el otro. Es probable que debamos hacerlo de a poco necesariamente. Porque la naturaleza nos impuso algo distinto y no es sencillo cambiar el mandato de la naturaleza. Y también sabemos que la pesca es de alguna forma un vicio, que no puede ser arrancado de raíz.
Mi evolución fue paulatina, escalón por escalón. Pesqué mucho, con carnada. Maté mucho, a veces inútilmente. Un día empecé a pescar con señuelos. Otro día dejé de pescar con carnada. Otro día dejé de matar y decidí devolver casi todo lo que pescaba. Pocos días después descubrí que me producía una alegría mayor ver salir nadando al pez, recuperado luego de la lucha, que verlo muerto a mis pies. Días más tarde elegí pescar sólo algunas especies, las que más me divertían, y dejar en paz al resto. Varios días después decidí cuidar más los peces sacando anzuelos de mis señuelos para lastimar lo menos posible. Algunos días después sigo aprendiendo a manipular mejor y devolver al pez tratando de causarle el menor daño posible. Es probable que algún día decida pescar con mosca.
No obstante, a pesar de que soy consciente de haber evolucionado, no logro sacarme la pesca de la cabeza.
Tal vez algún día abandone el vicio y deje de pescar. Creo que falta mucho, pero estoy más cerca. Y sé que en mi camino el último peldaño de la escalera probablemente sea ése: dejar de pescar.
Tal vez ese día me llegue con la muerte. Pero incluso si es así me siento orgulloso de haber evolucionado, aunque en última instancia no haya podido abandonar el vicio.


Cerramos esta reflexión con una galería de comics del dibujante Dan Piraro, más conocido como Bizarro, donde “casualmente” se habla del hombre, la evolución, la pesca, los peces etc.
No hace falta traducción en la mayoría de los casos, pero se la agregamos por las dudas…

Les dejamos el enlace a la web del autor para que quien guste pueda disfrutar de su excelente trabajo.
Dan Piraro / Bizarro Comics 

Evolución consciente De un tiempo a esta parte empecé a darme cuenta que ya no pensaba de la misma manera.

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